martes, 21 de julio de 2009

globos al aire

Un niño, subido en la espalda de su padre, sujeta un globo en cuya superficie observo mi reflejo. Me devuelve la mirada una versión deforme, ancha e insatisfecha, de mí misma. Por lo menos el globo es bonito: es redondo y transparente y tiene la forma de Mickey Mouse.

Ya van a ser las nueve de la noche: la gente empieza a juntarse en la explanada. Voces de niños, de sus madres, de bebés llorando. Gente que señala el castillito de fibra de vidrio iluminado con luces neón. Gordos en sillas de ruedas eléctricas que se abren paso entre los ríos de gente mientras exclaman -muy tarde- un débil "uups aim sorry" después de atropellar al viajero desprevenido.

Las luces se apagan, excepto por un par de reflectores que iluminan la torre más alta del castillo de Disney. Pronto bajará por allí una Campanita luminosa sujeta a una cuerda, cantando otra de esas canciones que dicen que la magia sí existe y que los sueños se hacen realidad. Toda la lírica infantil, pienso, es igualmente vomitiva y pegajosa. Estoy en estas cuando, de pronto, con un chispazo en el aire, comienza el espectáculo de luz y sonido. El cielo se llena de reflejos arcoiris y el ambiente se satura de olor a pólvora.

Miro a mi alrededor. No parece ser, después de todo, un país afectado por la crisis económica y que ha iniciado su lenta caída: estoy rodeada de personas que pagaron cien dólares para hacer colas de cuarenta minutos con tal de subirse a una o dos montañas rusas ambientadas con personajes de películas que yo, por lo menos, ya no recuerdo. Montañas rusas y simuladores patrocinados por Siemens, por Coca-Cola, por Microsoft.

ooo

Yo soy muy rara. No sé qué me sucede, pero siempre tengo ganas de estar en otros lados. En este momento, por ejemplo, daría lo que fuera por estar tomando agua de limón con chía en vez de Sprite; por ver las estrellas en lugar de los fuegos artificiales con forma de corazón que las oscurecen. Cambiaría las casitas de fibra de vidrio que imitan los diferentes pueblos del mundo por ver de nuevo las casitas de adobe en Tepoztlán. En pocas palabras, me siento como esos collares glow-in-the-dark que, justo cuando llegan a casa, dejan de brillar.

Y es que nadie me creería que a mí, lo que me provoca Disneylandia, son crisis existenciales. Enojo por ser parte de un mundo al que no quiero pertenecer, enojo conmigo misma por no saber decir que no quiero seguir viviendo así. Suenan los últimos acordes de "When you wish upon a star". Me llega la certeza de que es hora de soltar los globos al aire.