Sobre la banqueta hay un nombre, Ana, y una fecha, 1997.
Me pongo a pensar en que el hombre ha cubierto la superficie de la tierra con parches de concreto gris en el que, ocasionalmente, florece una jardinera con un triste ficus. Antes se quedaba marcada la huella humana en la tierra húmeda; ahora sobre las calles dejan los autos unas manchas de aceite que, con la lluvia, se expanden a manera de fantasmas que se difuminan en un arcoiris.
Dicen que hemos logrado someter a la naturaleza, pero yo creo que no es cierto: ella es misteriosa y fascinante. Aminta dice que basta con ver cómo aparecen brotes de flores muy pequeñas entre las grietas del pavimento, dientes de león en las afueras de los edificios abandonados; basta con ver cómo, aún en los jardines más cuidados, crece siempre una mala hierba.
Sin importar cuánto se le oprima, la vida siempre encuentra la manera de surgir entre adoquines y empedrados, carreteras de asfalto y caminos de terracería. Dibujos de niños trazados en gis sobre la acera, un avión o una rayuela, esperando a alguien que llegue a saltar su fauna.
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