Me pregunto si todavía hay gente que se acuerde de los descontinuados
Furby, el primer juguete con "inteligencia artificial". Apareció al final de la década de los noventas y tenía cara de búho, un par de ojos enormes y verdes, y estaba cubierto de peluche en distintos tonos. También lo había en color rosa atigrado. Sus únicas gracias eran expresarle al dueño que quería comer y cantar una canción emitiendo un irritante chillido electrónico.
Con tan sólo darle tres palmadas en la espalda y meterle un dedo en el pico de plástico, Furby se sentía amado. Expresaba su afecto cerrando sus largas pestañas hasta la mitad, mostraba verdadero gozo.
Curiosamente, cuando yo era pequeña, pensaba que esa combinación de cuidado alimenticio, peluche en tonos pastel y tres palmadas en la espalda eran el verdadero amor.
Cada vez que me acuerdo de estas cosas, resuelvo dejar de cuestionarme porqué mis relaciones afectivas nunca funcionan.
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