miércoles, 11 de marzo de 2009

Berlin con pecas en la cara.

--Cielo, la ciudad es un maravilloso laberinto. Jugando a las escondidillas, coqueteando con el del disfraz de toro, tomo la decisión de ir perdiendo poco a poco el hilo, me dejo llevar, me reinvento dentro del laberinto. Ya no necesito del camino a casa. De ahora en adelante, seré yo quien trace los senderos.--

--Me gusta visitar monumentos y parques. Me gusta ir a sitios memoriales, universidades, zoológicos y rascacielos. Sentarme en cafés y terrazas, en restaurantes oscuros y en bares que se encuentran en estado deplorable. Nunca digo a dónde voy. Mi lugar favorito es el cementerio: Entre Brecht y Hegel se siente uno menos solo.--

--Cuando yo era una niña pequeña quería tener una caja de acuarelas tan brillante como la de mi madre. Después crecí y los libros me enseñaron a pintarme de colores.--

 --En medio de tanta, tanta gente, en una estación abarrotada del metro, cientos de hombres se empujan, jalan, se arrastran por los pasillos, charlan, charlan, y

  r  e  s  p  i  r  a  n.           

 

  Yo lo veo todo, lo absorbo como si fuera una esponja receptora de la sensibilidad ajena. Chillan los trenes en el andén subterráneo y sopla una corriente fría que trepa por las escaleras que llevan hacia la calle.

Algo me hace mirar a mi izquierda y verla: tiene menos de 19 años, y  ya es una mujer libre: en medio de todo el caos, empuja su bicicleta por los pasillos oscuros de la ciudad bajo tierra. No puedo ver su cara. No necesito ver su cara. Ella camina,  y yo la sigo, una actitud inevitable, pues acabo de descubrir que está descalza en el corazón de Berlin. Ella, con sus ondeantes cabellos, un vestido de algodón café y una bicicleta.-- 

 --La gente me pregunta si no tengo miedo de perderme en la Gran Ciudad. Nunca me tomo la molestia de contestarles que, a mí, lo que más me gusta, es saber que allí puedo encontrarme.--

 --Hoy es martes. Un hombre pasea por la calle con un perro amarrado de una correa larga y roja. Los observo. El hombre me pide dinero. Creo que queda claro que realmente lo necesita, pues su cabello rubio se ve apagado por la mugre  y por el polvo. Con su mano sucia, me entrega un muy mal dibujo que insiste en venderme. Se me ocurre pensar que nadie más va a querer comprar ese dibujo. Entonces me pongo muy triste, porque no quiero que el hombre y su perro se mueran de hambre, no quiero que estén sucios, no quiero que sufran en la calle, no quiero. Saco de mi cartera un billete, saco dos. Saco, además, las lágrimas. El hombre no entiende porqué lloro, duda si aceptar mi dinero o no. Su cara me da risa. De pronto, me río yo también. Le digo que no es para el. Que es para el perro. A los dos nos da risa, y me alejo con una carcajada.--

--Cuando no hay mucha gente, me gusta sentarme en las escaleras que llevan a la linea U5 del metro en Alexanderplatz. Me gusta inclinar la cabeza y apoyar mi oido en el escalón. En los días tranquilos, en medio de muchos hombres y mujeres que vienen y van, puedo sentir como la ciudad respira.--

--Siempre supe que había algo oscuro en mi interior. Lo que no sabía, es  que tuviese alas para volar.--

 

1 comentario: